cuerpo y el 1996:64). Me llama
la atención además el reclamo implícito de
que las cirugías sólo se justifican cuando son “necesarias”
y no porque simplemente lo deseen con un fin lúdico, o para
su satisfacción personal.
La propia autora aclara, sin embargo, que no pretende un reclamo
de victimización pasiva de las mujeres como efecto de las
cirugías cosméticas. Propone que si se piensa la cirugía
cosmética como “fashion surgery”, tal como las
mujeres que se perforan el cuerpo, o se hacen tatuajes, las mujeres
que eligen cirugías cosméticas podrían estar
utilizando sus cuerpos como vehículos para producir identidades
culturales.
Dery (1998:263) sostiene un argumento de condena de las cirugías
estéticas cuando plantea que “la cultura patriarcal
ha aplicado la tecnología de manera recurrente al cuerpo
femenino para satisfacer las fantasías masculinas”.
Cita a Naomi Wolf quien, al criticar el modelo inalcanzable que
propone la industria de belleza, reclama que “borrar los años
en una cara de mujer es borrar su identidad, su poder y su historia”.
Curiosa cita que remite al reclamo de lo natural como aquello a
lo que debemos aferrarnos. Identidad proclive de convalidarse por
las arrugas, por la historia y por el poder inscrito en la piel.
Agrega Dery (1998) que:
En la cresta de esta nueva ola, se encuentra la artista de performance
francesa Orlan. Aparte de en la sala de operaciones de Orlan, no
hay otro lugar donde la política del cuerpo, el gusto vanguardista
por la provocación y las perversiones de una cultura inundada
de imágenes y obsesionada por las apariencias se reúnan
de una manera tan llamativa y perturbadora. Desde 1990 se le han
practicado siete operaciones de cirugía estética para
producir La obra maestra absoluta: la reencarnación de santa
Orlan,