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lo ajeno, de la enfermedad, del contagio? ¿Cómo cohabitan estas discursividades con aquellas que proclamaban que las intervenciones con el cuerpo estaban reservadas a la preservación de la “salud” ? De suerte que el cuerpo moderno es construido justamente en la medida en que se convierte en objeto de múltiples invasiones, casi todas erigidas sobre el reclamo de salud.

Sin embargo el cuerpo, en esta lógica que describimos, aparece como papel, lienzo, pared sobre la que se escribe o se re-escribe, se borra y se vuelve a escribir, se reconstruye. El cuerpo en general- no necesariamente el cuerpo de las mujeres- aparece presentándose como desaparición, simulacro, donde desaparece no sólo el cuerpo natural sino también el cuerpo discursivo, efecto posiblemente de la economía del exceso [13]. ¿Acaso el cuerpo, tal como lo hemos conocido, está obsoleto, acaso conviene hablar de lo posthumano? [14]

Tal vez convenga concluir haciéndome eco de las propuestas de Donna Haraway, citada por Dery (1998) cuando propone que la tecnología transgrede las fronteras que separaba lo natural de lo artificial (el original de la copia), lo orgánico de lo inorgánico, y de esa manera, confiere a todo lo que sabemos – o creíamos saber- un carácter provisional. Desde el punto de vista filosófico dichas invenciones tecnológicas desestabilizan el Yo occidental.

En palabras de Jorge Arditi (1995:9) que sirven de prólogo al texto de Haraway Cyborg, ciencia y mujeres: la reinvención de la naturaleza, las posturas de Haraway no sólo son una crítica al hombre blanco de clase media, sino que es una crítica a “la razón centrada-en-el-sujeto, esto es, en el contexto de la tesis de que “el hombre”, la criatura autónoma y racional que tomamos como universal, no es de hecho más que una construcción moderna.

En síntesis, puedo proponer, haciendo mías las palabras de Haraway “la tecnología de fin de siglo, de acuerdo a filosofías como el postestructuralismo- que considera que la naturaleza,