Una
nueva línea a pensar sería que así como
las identidades nacionales se han visto trastocadas por el proceso
globalizador (Giddens, 1999) algo similar sucede con el cuerpo
donde la aceleración de la vida posmoderna lleva a cierta
“esquizofrenización” y a la descomposición
del cuerpo en fragmentos, a la multipresencia. Las nuevas ciencias:
neuroendocrinología, psiconeuroinmunología, psicobiología
(Bekei, 1996) pretenden reunificar los cuerpos, así como
las técnicas orientales -que proliferan hoy en día-
plantean una mayor unión entre los componentes somáticos
y psíquicos. Esa multipresencia que ofrecen las redes
tiene sus costos físicos y psíquicos.
El
cuerpo expandido por el universo mediático, a través
del teléfono e Internet, las redes, presenta ese aspecto
fusional al estilo Matrix, que ha sido recogido tanto desde
la crítica (Romano, 2000) como desde la óptica
de los avances en la condición humana (Kurzweil, 1999).
Es un cuerpo fundido con los otros, una inteligencia global,
conectiva, que trasciende la unicidad del cuerpo.
“El
teléfono, por ejemplo, funciona como un dispositivo de
telepresencia, puesto que no sólo transmite una imagen
o una representación de la voz, sino que transporta la
propia voz. El teléfono separa la voz (o cuerpo sonoro)
del cuerpo tangible y la transmite a distancia. Mi cuerpo tangible
está aquí, mi cuerpo sonoro, desdoblado, está
aquí y allá. El teléfono actualiza una
forma parcial de ubicuidad, y el cuerpo sonoro de mi interlocutor
se encuentra, asimismo, afectado por ese mismo desdoblamiento.
Si bien los dos estamos, respectivamente, aquí y allá,
se produce un cruce en la distribución de nuestros cuerpos
tangibles” (Levy, 1995: 28).