óptica del funcionamiento intrapsíquico o vincular, relacionado a la alexitimia de nuestra sociedad. Ese enfoque, es en parte acertado, pero quizás no explicativo del todo. Los efectos de la tecnología en la fantasía no han sido abordados con profundidad salvo contadas excepciones (Turkle, 1995; Elliot, 1996).

Existe una dimensión imaginaria de multipresencia y ubicuidad de la que no es fácil desasirse, y que implica una carga extra para los cuerpos de esta era. Los sujetos buscan desesperadamente “desenchufarse”, “desconectarse” para descansar; metáforas que dan cuenta de esa conexión a las redes propia de la vida actual. Las propias drogas muchas veces cumplen esa función de “bajar a Tierra”, “desacelerar” a los sujetos inmersos en el vértigo, la velocidad de la vida urbana y sus requerimientos.

Las representaciones del cuerpo en las redes han sido abordadas por distintos autores (Stone, 1991; Turkle, 1995; Levy, 1995; De Kerckhove, 1995, 1997) quienes han resaltado las posibilidades que ofrecen las redes para superar las limitaciones espaciales y manejarse en el ciberespacio con representantes del self. La noción de cuerpo se ha visto interpelada por la CMC ya que en ésta es posible dejar el cuerpo atrás y sin embargo navegar y entrar en contacto con distintas personas a lo largo y ancho del mundo, manejando la presentación a antojo (Littler, 1999). Sin embargo, lo que ha quedado relegado en estos estudios, no es la ganancia, sino la pérdida que estos entornos generan.

El mundo virtual puede simular todo, inclusive hasta la propia muerte -como en una fantasía diurna compartida- pero lo que no puede evitar es la materialidad única del cuerpo.
Ese es el límite infranqueable que la realidad impone hasta el momento. Ese es el límite sin posibilidad de retorno que la naturaleza ha impuesto desde siempre y que quizás el futuro a través de la clonación pueda revertir. Esa limitante es justamente lo que la virtualidad aún no puede eludir.

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