Los deportes extremos son en general deportes de deslizamiento, lo que ha llevado a cierta identificación de los mismos con lo superficial. Considero que no es ese el punto central. Estos deportes son en su esencia juegos donde lo que se intenta es “no caer”. Jugando en la liquidez, en la inmaterialidad, en la fusión, juegan con el límite, lo desmienten e intentan a toda costa “no caer”. Evitan sufrir, golpearse, en definitiva, eluden parafraseando a Kundera “la insoportable materialidad del ser”.

Ese es el desafío que prometen los deportes extremos, deslizarse sin caer, volverse uno con las distintas superficies y fluir sin golpes. Deslizamiento y caída son las dos caras de la moneda posmoderna que tiene dibujadas la fluidez en un lado y la materialidad en el otro. Hipercuerpo, unido, fluido, deslizante, en armonía en un lado, y caída, golpes en un mundo terrenal que al mismo tiempo que lastima hace sentir el cuerpo, lo hace vibrar y nos devuelve al límite de lo humano.

La fugacidad de los instantes, propia de nuestra era es generadora de un sufrimiento silencioso, del cual no es fácil dar cuenta mientras se está en conexión. Alli nada permanece, todo es movimiento, no-lugares, accesos, instantes.

La búsqueda de algo permanente, que desafía las lógicas posmodernas de mutación, migración, nomadismo y desaparición está presente en todas estas cuestiones que hemos mencionado.

Ese material del piercing que atraviesa la carne y que deja huella y delimita el afuera y el adentro -o intenta al menos lograrlo- reaparece en los tatuajes, las heridas adolescentes del scarification o el branding, el dolor psicosomático y la caída del deportista denunciando la materialidad de la vida perdida en la fluidez.

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