Esa ilusión -y realidad a la vez- de extenderse, de traspasar los límites corporales, se encuentra en estos momentos alentada por los avances tecnológicos.

Las patologías psicosomáticas vienen a denunciar muchas veces esa desmentida del cuerpo, ese "hacer como si no existiera", como si sólo fuera el soporte material del pensamiento cartesiano.

Ese "metahombre" (Piscitelli, 1998: 85), ese hombre más allá del hombre, de su corporalidad material, puede pagar con sufrimiento psicosomático esa ilusión de fusión con los otros, ese borramiento de las fronteras de su cuerpo.

El dolor es parte de la psicosomática, y también de las heridas que se hacen los adolescentes, del piercing, del branding y los tatuajes. El piercing representa algo sólido en un cuerpo a la deriva, en un mundo fluído, líquido. Las patologías psicosomáticas “frenan”, ponen obstáculos a la velocidad y a la disolución del cuerpo en los fluidos. Esa “otredad” característica del síntoma psicosomático, también podría ser pensada como algo que viene de afuera, que delimita, que remarca el adentro/afuera, haciendo tomar conciencia del objeto, humanizando al sujeto.

Deportes extremos, deportes límites

No es casual el nombre con el que se conocen este tipo de deportes. Tanto extremo como límite aluden a un borde, a una finitud, a una de las caras de la moneda posmoderna.

Mientras los deportes extremos resitúan al cuerpo de la posmodernidad en su limitación, como cuerpos vivos, las patologías psicosomáticas logran lo mismo pero con una vivencia de pérdida que en el contexto de las posibilidades ampliatorias posibilitadas por la CMC, hacen surgir la vivencia de un hipocuerpo.

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