El cuerpo se disocia y se vuelve ajeno, eso otro que habla un lenguaje que no es simbolizable y que se diferencia del discurso de la histeria, lo que para Winnicott (1993) equivale a la separación entre el cuerpo y la mente.

La patología psicosomática –hoy tan culturalmente frecuente- incorpora un límite desde el afuera, un “freno”, una reconsideración de la fluidez.
En Occidente nos hemos ido alejando culturalmente de los rituales de delimitación y marcación del cuerpo. La cultura ha tomado cada vez mayor distancia de los rituales de iniciación de la adolescencia, donde se ponía el cuerpo en juego, a través de la marca, señalando un momento de pasaje (Gil, 1989). Nada marca, nada detiene el fluir, la velocidad.

En los rituales ciberespaciales no hay un cuerpo a ser marcado, no hay una presencia fìsica real, sino representaciones del mismo variables, dadas las posibilidades que ofrece la red en la producción de un cuerpo fantaseado. En las redes se fluye y no quedan marcas, ni registros, todo se reduce a instantes de acceso.

Volviendo entonces sobre lo planteado al comienzo, pensamos que las patologías psicosomáticas generan un retorno a un cuerpo reducido, a la vieja corporalidad, limitada. A su vez, ese estado promueve la vivencia del hipocuerpo relacionada con la multipresencia posibilitada por los avances tecnológicos. Un solo cuerpo resulta poco para individuos acostumbrados a la multipresencia, la velocidad, la alternancia. La cultura “promete y ofrece” multipresencia, no unicidad.
“El biógrafo de von Neumann, Steve Heims, afirma convincentemente que éste veía en las máquinas que construía una “extensión de sí mismo”, que permitía superar los límites humanos” (Breton, 1992: 107).

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