Estaba
allí, enjaulada entre las máquinas.
Los síntomas le vinieron de súbito.
Sentía como una especie de disolución,
le costaba organizar sus ideas, todo lo que trataba
de asir por medio del pensamiento se escurría
como pez en el agua. Entonces tuvo un presentimiento,
algo intuitivo la dirigía hacia una dirección
desconocida. ¿Era el descuido —el suyo—
el responsable de todo? No había otra forma
de explicar —¿o sería mejor decir
sentir?— lo que le ocurría: su mente
se estaba disolviendo y no había nada que pudiera
hacer para impedirlo. En un auto-diagnóstico
trató de encontrar la información relacionada
a la fecha de expedición y expiración,
pero los números aparecían borrosos
y mientras más trataba de enfocarlos más
se difuminaban. La única posibilidad que le
quedaba era llegar lo antes posible al próximo
centro de abastecimiento; pero la realidad era que
estaba allí, bajo aquel calcinante sol en medio
de un embotellamiento insalvable. Soltó un
poco su ropa y se quitó los zapatos para estar
más cómoda. Buscó en las estaciones
conocidas alguna canción que le ayudara a relajarse,
al no encontrar ninguna prefirió apagarla.
Desconectó el sistema de dirección y
bajó los brazos. Un calambre ocular le fue
ganando hasta que perdió del todo el campo
de visión y una nausea verde comenzó
a reptar por su pecho y a hincarla con su venenosa
cola de espinas. En su mente —o lo que iba quedando
de ella— rebotaba el eco de una palabra que
nunca más volvería a recordar.
En la casa, su esposo Jim y sus niños Paul
y Mary, esperarían su llegada hasta la desesperación,
hasta el momento en que el comandante llegaría
para darles la noticia. Les diría que todavía
había esperanzas, que podrían conectarle
una nueva mente, aunque claro está, nunca volvería
a ser la María que ellos conocían, porque
casi toda la información se habría perdido
por ella no haber hecho respaldos frecuentes. Sería
otra a la que tendrían que acostumbrarse —tal
y cómo habían hecho con las anteriores—
pero al final la tendrían de vuelta. Y que
sabían que no podían culparla, porque
era natural que una madre y esposa abnegada —como
las de antes— se preocupara tanto por su familia
y matrimonio, al punto de olvidarse de ella misma.
Y que si querían, podían solicitar que
la próxima mente fuera programada de modo tal
que ya no fuera tan obsesivamente abnegada, para que
no tuvieran que pasar nuevamente por aquella experiencia
de tener que enfrentar aquel cuerpo, aquel rostro
que tanto amaban, otra vez deformado por la degradación
mnemotécnica.