Mentes Desechables
Armando Ayala

Estaba allí, enjaulada entre las máquinas.

Los síntomas le vinieron de súbito. Sentía como una especie de disolución, le costaba organizar sus ideas, todo lo que trataba de asir por medio del pensamiento se escurría como pez en el agua. Entonces tuvo un presentimiento, algo intuitivo la dirigía hacia una dirección desconocida. ¿Era el descuido —el suyo— el responsable de todo? No había otra forma de explicar —¿o sería mejor decir sentir?— lo que le ocurría: su mente se estaba disolviendo y no había nada que pudiera hacer para impedirlo. En un auto-diagnóstico trató de encontrar la información relacionada a la fecha de expedición y expiración, pero los números aparecían borrosos y mientras más trataba de enfocarlos más se difuminaban. La única posibilidad que le quedaba era llegar lo antes posible al próximo centro de abastecimiento; pero la realidad era que estaba allí, bajo aquel calcinante sol en medio de un embotellamiento insalvable. Soltó un poco su ropa y se quitó los zapatos para estar más cómoda. Buscó en las estaciones conocidas alguna canción que le ayudara a relajarse, al no encontrar ninguna prefirió apagarla. Desconectó el sistema de dirección y bajó los brazos. Un calambre ocular le fue ganando hasta que perdió del todo el campo de visión y una nausea verde comenzó a reptar por su pecho y a hincarla con su venenosa cola de espinas. En su mente —o lo que iba quedando de ella— rebotaba el eco de una palabra que nunca más volvería a recordar.
En la casa, su esposo Jim y sus niños Paul y Mary, esperarían su llegada hasta la desesperación, hasta el momento en que el comandante llegaría para darles la noticia. Les diría que todavía había esperanzas, que podrían conectarle una nueva mente, aunque claro está, nunca volvería a ser la María que ellos conocían, porque casi toda la información se habría perdido por ella no haber hecho respaldos frecuentes. Sería otra a la que tendrían que acostumbrarse —tal y cómo habían hecho con las anteriores— pero al final la tendrían de vuelta. Y que sabían que no podían culparla, porque era natural que una madre y esposa abnegada —como las de antes— se preocupara tanto por su familia y matrimonio, al punto de olvidarse de ella misma. Y que si querían, podían solicitar que la próxima mente fuera programada de modo tal que ya no fuera tan obsesivamente abnegada, para que no tuvieran que pasar nuevamente por aquella experiencia de tener que enfrentar aquel cuerpo, aquel rostro que tanto amaban, otra vez deformado por la degradación mnemotécnica.


Armando Ayala/23-09-05.
TCL-AMG/E4