Desconectada

Luis Merced
1 de junio de 2004

- ¡Hola, ¿Cómo estás?
- Muy Bien, gracias
- ¿Cómo sigue el niño?
- ¡El niño!, ¿Cual niño?... Yo no tengo un niño.
- Que bueno que esté mejor
- Gilberto, ¿Hablas conmigo?- preguntó Tere
- Disculpa Tere, no sabía que estabas ahí. Hablo con mi hermana... es que su niño, mi sobrino, estaba enfermo y... dime, sí, todo está bien –continuó hablando con su hermana Gilberto su jefe inmediato.

Así comenzó ese día en la oficina de Tere, lugar donde trabajaba como secretaria. Todos pasaban cerca de su escritorio, los abogados, los consultores, los ingenieros e ingenieras; aún el repartidor de correo transitaba en tan ocupado carril y Tere solo se limitaba a hacer su trabajo a la vez que observaba. Elegantes trajes, costosos lentes, perfumes que aromatizaban el pasillo y aún su oficina la cual se encontraba justo al lado de la de su jefe. Relojes de marcas no muy baratas, de las que suelen anunciar los comerciales televisivos; los que están al acceso del bolsillo adinerado solamente pero que se anuncia para el público en general. Todos sin excepción, todos, aún Gilberto su jefe, aún Paco, el muchacho del correo, todos estaban atrapados por la misma fuerza extraña que provocaba en todos una especie de hipnotismo colectivo, como zombis modernos. Un imparable fluir de personas y todos como locos hablando con un aparato inanimado. Ni siquiera sabían que Tere estaba justo al lado de todos ellos, pero ella si los notaba. Escuchaba los problemas matrimoniales y de familia que trataban de resolver por medio de éste, los trajes que tenían que comprar, los negocios que tenían que atender y Tere, trabajando, atendiendo lo suyo, desconectada de esa “realidad virtual”.

Aquella mañana no había comenzado bien, por alguna razón su aislamiento había empezado demasiado temprano. Continuó su trabajo como acostumbraba, preparó tres

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