Gabriella
Infinita es una obra metamórfica. Su presencia corre
paralela a una intensa y a la vez voluble experiencia de escritura.
Nace como toda obra artística: por gracia de una necesidad
expresiva muy intima. Pero, apenas brota, empieza a buscar
alocadamente su forma, como ávida de cuerpo, como presintiendo
su fragilidad y su contingencia. Y termina comprendiendo que
estaba destinada a la volatilidad.
Pero esa conciencia siempre estuvo lejos de ser alcanzada
fácilmente. Sufrió al comienzo, en su primera
fase de formalización, la negligencia majadera de sus
lectores; después, la terquedad imposible de su autor
que le impidió mutar con libertad. Finalmente, hubo
de someterse a la desintegración de sus elementos.
Ahora, en su tercera metamorfosis, espera nerviosa, como una
quinceañera asustada en su primera cita a ciegas, el
encuentro con su lector.
Gabriella infinita fue primero un libro, después un
hipertexto y ahora un hipermedia. ¿volverá a
mudar?
Gabriella Infinita: la novela
Como toda opera prima, la versión novela de Gabriella
Infinita es una obra ambiciosa pero no suficientemente lograda.
Fragmentario, descentrado, potencialmente interactivo y con
vocación audiovisual, este texto no pudo acomodarse
sino parcialmente al formato libro. En primer lugar, muchos
de sus fragmentos no lograban articularse al dispositivo narrativo
tradicional, ya sea porque no correspondían al modelo
de la narración lineal, ya porque su estatuto era abiertamente
no narrativo. En segundo lugar, la novela no tenía
un único centro: al menos tres historias pugnaban por
imponerse. Si sumamos estos cuatro