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Literatura y televisión:
Tras citar a Nemesio Canales decir “Antes que hacerse respetable, mejor ahórquese” , la escritora Mayra Santos afirma en un artículo aparecido en El Nuevo Día (3-2-02) que los escritores son aburridos y que escribir es aburrido. Agrega que en estos tiempos de la fotografía, la publicidad, el cine y la televisión, la imagen es superior a la letra. Concluye que el escritor que no quiera quedarse rezagado debe dar el salto a la televisión y otros medios para ponerse en algo y llevarle la literatura al pueblo. Yo no puedo asegurar que los escritores que se dedican a escribir sean aburridos, ni que el acto mismo de escribir sea tan aburrido como afirma Mayra Santos. Pero seguramente debo creerle a Santos, si es que se refiere a que ella es aburrida y escribir le aburre a ella, pues estimo que brinda testimonio de su personalísima experiencia. También debo asumir que es “franca” cuando asegura apoyar que “los medios de comunicación se metan (sic) en el espacio de la literatura” y estar “a favor de que escritores e intelectuales incursionen cada vez más en el medio de la televisión”, acercándose más a la figura del “entertainer, la celebridad”, etc. Nadie objetaría que una cosa se “meta” dentro de la otra y viceversa. Lo que se echa de menos es la pregunta franca de ¿para qué? Para “democratizar la literatura”, llevarla “hasta los hogares”, volverla “cotidiana”, asegura Mayra Santos. Esto lo dice una persona que considera a los escritores aburridos, su labor aburrida y a la imagen como superior a la letra. La literatura debe entretener —explica Mayra Santos. Obviamente ella se aburre tremendamente con una literatura hecha de letras, escrita por escritores, que resultan ser invisibles. Ella quiere imágenes, celebridades, buenos entertainers. Y resulta que el mundo contemporáneo es mucho más franco que ella, pues hace rato ha resuelto el problema de una manera muy pródiga y directa: Hello! —dice el mundo contemporáneo— ya existe la fotografía, la publicidad, el cine, la televisión, medios precisamente disponibles para aquellos que se aburren de vez en cuando, o siempre, (este último parece ser el caso de la autora) con la pura letra escrita. La literatura no sólo debe entretener, sino que nunca ha existido para otra cosa que entretener a quienes disfrutan la letra escrita. Este mundo moderno es muy franco y abierto: cuando gustas leer, lees, cuando gustas ver televisión, ves televisión. Nunca queda claro en este artículo de Mayra Santos por qué deba suponerse que ofrecerles literatura a quienes prefieren leer en determinado momento (labor que les corresponde a los escritores) y ofrecerles televisión a quienes prefieran la imagen (labor que corresponde a los entertainers), de algún modo produzca un déficit de democracia que deban subsanar unos escritores aburridos de escribir, quizás porque no tienen nada que decir, reciclados en la televisión. La autora supone que de alguna manera estos escritores televisivos aburridos de escribir enriquecerán la labor ya realizada por “merengueros, modelos blancas en bikinis, películas violentas y chismes de celebridades”. No resulta evidente tampoco por qué sería necesario tal “enriquecimiento” ni en qué consistiría. ¿Consistirá el mismo en exhibir el aburrimiento de la letra, del escritor y su labor según concebidos por esta autora? Resulta muy evidente que Mayra Santos prefiere no sólo ver televisión sino salir en televisión. Algunos televidentes sabemos que la autora ya sale en televisión, co-protagonizando el programa En la punta de la lengua junto al artista gráfico y escritor Antonio Martorell. El artículo de Santos es una manera de dar cuenta de su salto a la pantalla y de efectuar un “damage control” ante las numerosas detracciones que el programa suscita. Lo más interesante es que las más fuertes críticas vienen no tanto de los escritores supuestamente aburridos y supuestamente refractarios a la televisión, sino del propio mercado al cual se dirige la misión “democrática” y “educativa” del programa, aquellos que, subestimándolos, Mayra Santos pretende hacer coincidir con ella en considerar a los escritores y el acto de escribir como aburridos. El problema parece ser que estos telespectadores sólo coinciden en considerarla aburrida a ella (y a su consorte Martorell y al programa completo, en ese orden). Uno de estos habituales fans de la imagen televisiva, un estudiante muy joven, no necesariamente reacio a leer un libro que lo entretenga de verdad, resume esta apreciación de En la punta de la lengua con característico expertise: “¿Qué le pica a la doña esa? ¿Se cansó de escribir y ahora quiere posar a lo Naomi Campbell… y con esos chichos?” Entre tal apreciación y cambiar de canal no media ni un segundo. Ahí termina la “democracia” de una visión sobre la televisión y la literatura, los televidentes y los lectores que en el fondo subestima tanto a los televidentes como a los lectores. Ahí también comienza la implacable democracia de los medios masivos. El fenómeno no guarda ninguna relación personal con la escritora aludida sino con el afán populista que conlleva menospreciar la potencia de la escritura y el poder seductor de la letra. La escritura toma el lugar del mundo y ésa es su seducción. La escritura afirma la existencia del mundo real, del propio autor y de su cuerpo, pero sólo cuando ocupa sus lugares. En cambio, ni el mundo ni el autor ni su imagen pueden pretender jamás ocupar el lugar de la escritura. Mucho menos puede el autor, como autor, tomar el lugar de la imagen, en especial la que reina en los medios. El autor se borra a sí mismo para converitirse en escritura. El entertainer, modelo o actor se borra a sí mismo para convertirse en imagen. El autor se puede convertir en entertainer o viceversa, pero cuando cualquiera de ellos pretende imponer su persona real sobre el medio, sea éste la escritura o la imagen, estalla el ridículo, la parodia de sí mismo y se hace cargo la cruel comedia de la vida. Una cosa es el rico narcisismo del artista y del escritor y otra cosa es imponer la importancia de sí mismo donde no corresponde. A ello contribuye una ideología populista que atribuye al intelectual o al artista una representación real del pueblo, en desmedro de su oficio, que no es otro que trabajar lo imaginario. Pero los propios medios y la escritura se encargan de que la representación real importe cada vez menos en estos deliciosos tiempos inciviles e “ingobernables”. --JDW
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