Vol.3  :: agosto :: 2003-04

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Complejidad, confianza y terror


Retirar la confianza
 

Luego de las atrocidades del 11 de septiembre, los Estados Unidos, la actual caput mundi, han luchado por encontrar la forma de encarar revelaciones sobre su propia vulnerabilidad. Hasta este momento, todo el énfasis se ha centrado en un giro rápido de la confianza a la desconfianza al instalar poderosos ajustes socio-técnicos que prometen seguridad contra el terrorismo y que ponen a toda la población bajo sospecha. 

La más famosa de las medidas propuestas es la USA Patriot Act (“Ley patriótica”): “Ley para la unificación y el fortalecimiento de América mediante las herramientas apropiadas requeridas para interceptar y obstruir el terrorismo”. Esta maravillosa joya de la legislación amplía y extiende el poder del gobierno para escuchar conversaciones privadas, incluidas las llamadas a teléfonos móviles, en cualquier parte de la nación; autoriza la vigilancia del correo electrónico y de otros medios de comunicación vía internet, y permite a la policía obtener una orden de allanamiento sin el conocimiento de quien habita la residencia.    

Otras medidas de la misma índole incluyen cambios en las leyes migratorias de los Estados Unidos que le permiten a la Procuraduría General mantener extranjeros en prisión incluso cuando un juez de inmigración ordene la excarcelación. El presidente Bush emitió una orden ejecutiva destinada a crear un tribunal militar especial para extranjeros sospechosos de actos terroristas, cortes que carecen de la protección que proporciona nuestra constitución. Por medio de la misma, muchos musulmanes y árabes han sido detenidos antes de ser acusados de un crimen o de incumplir con su estatus migratorio, lo que contradice directamente la constitución de los Estados Unidos. Incluso hoy, a más de un año de los ataques, es difícil obtener una explicación exacta sobre quiénes están detenidos y por qué razón.  

Mientras la sombra de la intriga y la sospecha se posa sobre la nación, información valiosa acerca de la infraestructura tecnológica nacional—páginas en la internet sobre los sistemas de acueductos, plantas nucleares, plantas químicas, y otras—han sido removidas o su contenido ha sido severamente restringido. Para los académicos, ahora es más difícil estudiar lo que una vez fue considerado como un cuestionamiento perfectamente mundano: la estructura y la operación de sistemas tecnológicos. Lo que una vez estuvo accesible al público, hoy se considera una “fuente de inteligencia” nacional crucial que debe protegerse de las garras de los espías y saboteadores.  

La nueva ola de legislaciones y regulaciones federales se refleja en un sinnúmero de leyes antiterrorista aprobadas por legislaturas estatales, las que incluyen el fortalecimiento de los poderes de la policía para vigilar las actividades de los ciudadanos que, por alguna razón, tienen que ser observados. Dentro de esta nueva modalidad, la definición de lo que se consideraría como actividad terrorista es tan amplia y vaga que puede incluir una vasta gama de actividades políticas, como lo sería organizar una marcha para protestar públicamente. A los grupos de libertades civiles les preocupa que formas ordinarias de protesta pública puedan ser definidas como terroristas y sean suprimidas. Esto podría incluir, por ejemplo, encuentros públicos para protestar en contra de la globalización como los que se han llevado a cabo en Seattle y en otras ciudades en años recientes. Desafortunadamente, episodios de represión política en tiempos de angustia civil—los Palmer raids después de la Primera Guerra Mundial, la encarcelación de los ciudadanos americanos de descendencia japonesa durante la Segunda Guerra Mundial, la persecución maliciosa de disidentes durante la era de McCarthy en los años 1950, entre otros—son demasiado comunes en la historia de los Estados Unidos. Cuando la nación se siente amenazada, la libertad paga las consecuencias.
 

Un escalofrío público 

Desde los ataques del 11 de septiembre, en los programas de radio y televisión y en los editoriales de los periódicos ha surgido la tendencia de definir el terrorismo en términos imprecisos, vagos e inflamatorios. Los legisladores parecen inclinarse en esa misma dirección. Durante la primavera pasada, la Cámara de delegados de Maryland aprobó una ley antiterrorista extremadamente abarcadora. Dana Lee Dembrow, miembro de la cámara de Maryland, comentó que dicha ley “permite que puedan grabar tus conversaciones telefónicas por cruzar la calle de forma imprudente”. Ella admitió que bajo otras circunstancias, “no lo permitiría; sin embargo, después de lo que pasó el 11 de septiembre, ya no me importa”.  

La obsesión nacional con la seguridad ahora sacude la vida pública y sólo podemos preguntar hasta donde vamos a llegar. Por ejemplo, desde 1960 ha habido un debate sobre la privacidad y la libertad personal en la era de la informática. Un consenso estableció que los ciudadanos no serían vigilados ni por el gobierno, ni por corporaciones, ni por otros individuos. Este consenso fue derrocado por la idea que la vigilancia difundida es necesaria y que sistemas ingeniosos como El Carnivoro del FBI (aparato que vigila los mensajes electrónicos y las actividades en la red de todos) es lo que necesitamos para defender la nación. 

Las medidas de seguridad posteriores al 11 de septiembre han debilitado seriamente las medidas que protegen la Constitución de los Estados Unidos. Por ejemplo, la cuarta enmienda claramente indica que “el derecho de los habitantes de que sus personas, domicilios, papeles y efectos se hallen a salvo de pesquisas y aprehensiones arbitrarias, será inviolable y no se expedirán al efecto mandamientos que no se apoyen en un motivo verosímil, estén corroborados mediante juramento o protesta y describan con particularidad el lugar que deba ser registrado y las personas o cosas que han de ser detenidas o embargadas”[3]. Sin embargo, bajo las estipulaciones de la Ley patriótica, las autoridades pueden registrar con una orden de allanamiento a cualquiera, dondequiera, por periodo indefinido, a través de internet o fuera de ella.  

Lamentablemente, estas medidas se han diseminado por completo en la sociedad civil. Muchos americanos se han vuelto precavidos e incluso se han cohibido de expresarse para evitar levantar cualquier sospecha. En semanas recientes, he escuchado a muchos decir que no les preocupa la legislación anti-terrorista ya que, como quiera, no llevan a cabo ninguna actividad que pueda interesarle a las autoridades. Parece que el patriotismo requiere que seamos predecibles y sumisos. 

En un acto típico del pánico creado como consecuencia de los ataques del 11 de septiembre, en un segmento noticioso de la NPR se les pidió a expertos en seguridad que nos dieran algunos consejos para cooperar con la vigilancia contra el terrorismo. ¿Qué nos contestaron los expertos sobre el asunto? Que debemos observar cualquier “conducta sospechosa”. Esto incluye personas que vistan artículos de ropa poco comunes, que digan o hagan cosas que estén fuera de lugar dentro de una situación o sitio particular. Mientras escuchaba todo el relato, me chocó que los expertos catalogaran como “conducta sospechosa” y peligrosa distintas manifestaciones de la libertad: vestir lo que nos de la gana, decir lo que se nos ocurra, actuar en público libremente.
 

Cuando las estructuras estables se deshacen 

No sabemos en realidad cuáles eran las verdaderas intenciones de lo terroristas del 11 de septiembre. Sin embargo, si uno de sus fines era hacer que nuestro estilo de vida dejara de ser tan abierto y libre, lo han logrado. En la actualidad, los americanos han restringido la libertad de viajar, han limitado el acceso a la información y han limitado los términos del discurso político. Programas tales como el Sistema de Protección de Información Terrorista (TIPS, por sus siglas en inglés), el cual pertenece al Departamento de Justicia, han modificado la vida social de tal forma que ahora vemos a otros individuos como sospechosos y no como ciudadanos. El terrorismo y la seguridad se han convertido en la principal preocupación de todos los foros donde se discute la política pública, no importa cuál sea el tema.  

Así como los romanos durante el sexto siglo de nuestra era abandonaron su ciudad cuando bloquearon el paso de los acueductos, los americanos parecen también abandonar elementos esenciales de la cultura civil democrática que ha desarrollado por los pasados dos siglos. Esta aterradora reacción a los más reciente eventos es evidente en las características físicas de los edificios y terrenos públicos. Si visita Washington, D.C. se encontrará con una ciudad muy distinta: feas barreras de hormigón rodean los edificios públicos y los puntos de inspección y las cámaras de seguridad están presentes por todas partes. Se ha bautizado la ciudad con el nuevo nombre del hogar del Territorio Nacional, un país nuevo y extraño donde las libertades de expresión, de pensamiento y de movimiento, las que fueron tan apreciadas en el pasado, son ahora lujos muy costosos a los que no podemos acceder. Los ciudadanos deberían preguntarse si el Territorio Nacional se rige con la misma constitución que la vieja nación llamada Estados Unidos de Norteamérica. 

En el ambiente impera la percepción de que el terrorismo es algo que ha llegado desde afuera y que “hacedores del mal” que provienen de los más remotos confines del planeta han traído el terror a esta sociedad que, bajo otras circunstanciases, es armoniosa y risueña. Obviamente, hay un grado de realidad en esa afirmación. Existen seres malévolos en nuestros entornos que están decididos a infligir muerte y destrucción.  

Visto desde otra perspectiva, el terror que experimentamos—ese pavor que nos aflige diariamente—reside en el sistema mismo que desarrollamos tan ingenuamente durante el siglo pasado. Lo que hace exitosas a las complejas tecnologías modernas es que las mismas logran dirigir enormes reservas de energía del reino natural de forma que éstas puedan ser utilizadas de manera eficiente y controlable. Una posibilidad trágica no puede ser totalmente eliminada: la idea que esta energía algún día pudiera escapar de forma incontrolable, escapando de los sistemas y las infraestructuras que originalmente se habían diseñado para contenerla. En años recientes, este tipo de temor se ha concentrado en accidentes tecnológicos poco usuales, por ejemplo, la explosión del trasbordador Challenger. Tal desconfianza también se ha incrementado con la más reciente evidencia de males ambientales, incluido el calentamiento global. El uso controlado de combustible fósil de nuestras tecnologías durante décadas ha creado cambios destructivos e incontrolables en el clima. 

Tras los ataques del 11 de septiembre, el horizonte de la catástrofe se ha desplazado. El logro de una aeronave es contener y dirigir el combustible de alta energía cuya combustión permite que vuelen de forma rápida. El logro de la ingeniería que hace posible los rascacielos es retar la gravedad al apiñar ingeniosamente toneladas de acero y otros materiales en estructuras complejas que, a pesar de su precaria posición, no se derrumbarán. Sin embargo, ¿qué sucedería si el potencial físico de estos logros de repente se desencadenara y actuara de una manera distinta a lo planificado? 

El horror que causó el ataque al Centro Mundial de Comercio es que la energía de dos maravillas de la tecnología moderna—los rascacielos y las aeronaves-—chocaron y causaron que la energía que ambos sistemas contenías tan cuidadosamente se desatara en la forma de una explosión, un incendió y un derrumbe catastrófico. Dado el caso, la ingenuidad de los terroristas recae en haber incitado un proceso que causa que estructuras estables se disuelvan. 

Muy enterrado en nuestras experiencias con la tecnología moderna está el terror elemental de que la energía que hemos buscado controlar se escapará de nuestras manos y actuará en nuestra contra para injuriarnos y destruirnos. Percepciones de este tipo han emergido en innumerables novelas y películas de ciencia ficción durante el siglo pasado, convirtiendo así nuestros peores temores en entretenimiento para las masas. Pero, más allá del papel y las pantallas, una nueva pregunta emerge. ¿Cuántos sistemas adicionales de increíble poder tecnológicos se pueden imponer antes de ahogar la cultura de la democracia? Una de las consecuencias de construir sistemas complejos, estrechamente acoplados, geográfica-mente extensos, poderosos, pero irremediablemente precarios es toparnos con un mundo lleno de bombas de tiempo listas para estallar.


Pensar como una fortificación
 

Actualmente, la respuesta inmediata al terror de los americanos es hacer sistemas más estrictos para prevenir futuras interrupciones, una estrategia que hoy en día es muy familiar. Estamos construyendo barreras alrededor de sistemas cruciales y estamos haciendo más fuertes sus componentes internos al rodearlos con elaborados métodos de vigilancia y supervisión. Si continuamos con esta estrategia, nuestros recursos económicos mermarán como consecuencia de la rigidez de los sistemas tecnológicos y la libertad y el civismo se verán amenazados. Sin embargo, parece que los americanos y sus políticos están dispuestos a pagar este precio aún cuando esto amancillará rápidamente nuestras instituciones (por ejemplo, nuestras escuelas seguirán careciendo de fondos y de compromiso) y debilitará las bases de la sociabilidad democrática.  

Desafortunadamente, estamos lejos de saber claramente si estas nuevas medidas tendrán éxito. Un nuevo estudio del Departamento de Transportación publicado a principio del año encontró que 30 por ciento de las pistolas y 70 por ciento de las cuchillas no fueron detectadas por los novedosos sistemas de rastreo que se instalaron recientemente en las entradas de los aeropuertos. De igual forma, estudios de seguridad similares en plantas nucleares han producido resultados decepcionantes: se ha encontrado que burlar las medidas de seguridad de estas facilidades es relativamente fácil. 

Las exigencias humanas que requiere la supervisión de sistemas complejos son muy pesadas para tolerar a largo plazo. Recordemos el episodio inmediatamente después del 11 de septiembre, cuando se rumoró que el puente Golden Gate de San Francisco sería blanco de terrorismo. Se cerró el paso por un tiempo y luego asignaron tropas de la Guardia Nacional para vigilar el tráfico. No obstante, la cobertura televisiva mostró exactamente lo que esperábamos: guardias de pie, aburridos, distraídos y apenas prestándole atención a los automóviles que transitaban el puente. ¡Esto ocurría mientras la alerta nacional de terrorismo estaba en el punto más crítico! 

Como consecuencia, al toparnos con fallas de esta índole, buscamos solucionarlas gastando más dinero, instalando equipo más sofisticado, contratando más personal de seguridad, sometiendo al público a la tensión de situaciones de búsqueda, vigilancia y desconfianza que cada vez se hacen más frecuentes. Un observador imparcial estaría tanto confundido como sorprendido por la forma rápida y minuciosa en la que estas iniciativas han modificado el estilo de vida americano. ¿Por qué la nación no exploró otras soluciones más fructíferas de responder al terror que siente las personas? ¿Por qué los americanos no hacen un esfuerzo mayor para conservar su tradición de imparcialidad, confianza y libertad? 

En la búsqueda por la seguridad, la nación se prepara para enfrentar una guerra con una nación considerada parte del “eje del mal”. Nuevamente, esto define el temor como un elemento ajeno en vez de reconocer que parte de la base de este temor habita en nuestro suelo, adherido al marco que apoya nuestro estilo de vida tan avanzado tecnológicamente. 

En busca de sistemas más seguros  

Pienso que existen maneras más efectivas de responder a los hechos del 11 de septiembre que el tener que recurrir automáticamente al militarismo, la vigilancia totalitaria y los ataques defensivos de los derechos humanos que con frecuencia nuestros líderes prefieren. Se necesitan con suma urgencia medidas que atiendan las fuentes de inseguridad y terror que se encuentran intrínsecamente en las raíces de nuestra civilización. Por lo tanto, me parece sabio diseñar sistemas técnicos que se acoplen de forma flexible e tolerante, de modo que las interrupciones sean más llevaderas y rápidas de reparar. Ciertamente, tiene sentido que se dependa de recursos materiales y energéticos renovables que estén disponibles localmente en vez de continuar fomentando la dependencia de fuentes globales que siempre están en riesgo. Me parece más saludable depender de tecnologías que sean operadas localmente por personas con las que podemos relacionarnos en diferentes funciones y ambientes aparte del rol que desempeñan como funcionarios técnicos. Creo también que ya es tiempo que comencemos a reducir nuestra dependencia de poderes abrumadores y llenos de riesgos que le hemos arrebatado a la naturaleza. Actualmente sabemos que estos poderes no sólo pueden destruir ecosistemas frágiles, también pueden destruir el hábitat para la libertad. 

Por fortuna, la riqueza de la sabiduría humana puede producir sistemas alternos para sustituir los viejos sistemas complejos, centrados en la energía, globalmente amplios e incesantemente bélicos. La construcción de sistemas más pacíficos y resistentes se puede lograr por medio de esfuerzos creativos (los que se encuentran en progreso) dirigidos a vivir de forma moderada en este planeta con la ayuda de la justicia y la compasión. Si camináramos hacia esa opción con paso firme, eliminaríamos los pesares que aquejan a la población mundial y que se prestan precisamente para impulsar ataques terroristas. Mientras impere un estado de histeria, sumisión y oportunismo político—lo que, a mi parecer, continuará sucediendo—tendremos la obligación de renovar esfuerzos para construir instituciones que inspiren confianza en vez de alimentar nuestros temores.

 

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