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Complejidad, confianza y terror
Retirar la confianza
Luego de
las atrocidades del 11 de septiembre, los Estados Unidos, la actual
caput mundi, han luchado por encontrar la forma de encarar
revelaciones sobre su propia vulnerabilidad. Hasta este momento, todo el
énfasis se ha centrado en un giro rápido de la confianza a la desconfianza
al instalar poderosos ajustes socio-técnicos que prometen seguridad contra
el terrorismo y que ponen a toda la población bajo sospecha.
La más
famosa de las medidas propuestas es la USA Patriot Act (“Ley
patriótica”): “Ley para la unificación y el fortalecimiento de América
mediante las herramientas apropiadas requeridas para interceptar y
obstruir el terrorismo”. Esta maravillosa joya de la legislación amplía y
extiende el poder del gobierno para escuchar conversaciones privadas,
incluidas las llamadas a teléfonos móviles, en cualquier parte de la
nación; autoriza la vigilancia del correo electrónico y de otros medios de
comunicación vía internet, y permite a la policía obtener una orden de
allanamiento sin el conocimiento de quien habita la residencia.
Otras
medidas de la misma índole incluyen cambios en las leyes migratorias de
los Estados Unidos que le permiten a la Procuraduría General mantener
extranjeros en prisión incluso cuando un juez de inmigración ordene la
excarcelación. El presidente Bush emitió una orden ejecutiva destinada a
crear un tribunal militar especial para extranjeros sospechosos de actos
terroristas, cortes que carecen de la protección que proporciona nuestra
constitución. Por medio de la misma, muchos musulmanes y árabes han sido
detenidos antes de ser acusados de un crimen o de incumplir con su estatus
migratorio, lo que contradice directamente la constitución de los Estados
Unidos. Incluso hoy, a más de un año de los ataques, es difícil obtener
una explicación exacta sobre quiénes están detenidos y por qué razón.
Mientras
la sombra de la intriga y la sospecha se posa sobre la nación, información
valiosa acerca de la infraestructura tecnológica nacional—páginas en la
internet sobre los sistemas de acueductos, plantas nucleares, plantas
químicas, y otras—han sido removidas o su contenido ha sido severamente
restringido. Para los académicos, ahora es más difícil estudiar lo que una
vez fue considerado como un cuestionamiento perfectamente mundano: la
estructura y la operación de sistemas tecnológicos. Lo que una vez estuvo
accesible al público, hoy se considera una “fuente de inteligencia”
nacional crucial que debe protegerse de las garras de los espías y
saboteadores.
La nueva
ola de legislaciones y regulaciones federales se refleja en un sinnúmero
de leyes antiterrorista aprobadas por legislaturas estatales, las que
incluyen el fortalecimiento de los poderes de la policía para vigilar las
actividades de los ciudadanos que, por alguna razón, tienen que ser
observados. Dentro de esta nueva modalidad, la definición de lo que se
consideraría como actividad terrorista es tan amplia y vaga que puede
incluir una vasta gama de actividades políticas, como lo sería organizar
una marcha para protestar públicamente. A los grupos de libertades civiles
les preocupa que formas ordinarias de protesta pública puedan ser
definidas como terroristas y sean suprimidas. Esto podría incluir, por
ejemplo, encuentros públicos para protestar en contra de la globalización
como los que se han llevado a cabo en Seattle y en otras ciudades en años
recientes. Desafortunadamente, episodios de represión política en tiempos
de angustia civil—los Palmer raids después de la Primera Guerra
Mundial, la encarcelación de los ciudadanos americanos de descendencia
japonesa durante la Segunda Guerra Mundial, la persecución maliciosa de
disidentes durante la era de McCarthy en los años 1950, entre otros—son
demasiado comunes en la historia de los Estados Unidos. Cuando la nación
se siente amenazada, la libertad paga las consecuencias.
Un
escalofrío público
Desde
los ataques del 11 de septiembre, en los programas de radio y televisión y
en los editoriales de los periódicos ha surgido la tendencia de definir el
terrorismo en términos imprecisos, vagos e inflamatorios. Los legisladores
parecen inclinarse en esa misma dirección. Durante la primavera pasada, la
Cámara de delegados de Maryland aprobó una ley antiterrorista
extremadamente abarcadora. Dana Lee Dembrow, miembro de la cámara de
Maryland, comentó que dicha ley “permite que puedan grabar tus
conversaciones telefónicas por cruzar la calle de forma imprudente”. Ella
admitió que bajo otras circunstancias, “no lo permitiría; sin embargo,
después de lo que pasó el 11 de septiembre, ya no me importa”.
La
obsesión nacional con la seguridad ahora sacude la vida pública y sólo
podemos preguntar hasta donde vamos a llegar. Por ejemplo, desde 1960 ha
habido un debate sobre la privacidad y la libertad personal en la era de
la informática. Un consenso estableció que los ciudadanos no serían
vigilados ni por el gobierno, ni por corporaciones, ni por otros
individuos. Este consenso fue derrocado por la idea que la vigilancia
difundida es necesaria y que sistemas ingeniosos como El Carnivoro del FBI
(aparato que vigila los mensajes electrónicos y las actividades en la red
de todos) es lo que necesitamos para defender la nación.
Las
medidas de seguridad posteriores al 11 de septiembre han debilitado
seriamente las medidas que protegen la Constitución de los Estados
Unidos. Por ejemplo, la cuarta enmienda claramente indica que “el derecho
de los habitantes de que sus personas, domicilios, papeles y efectos se
hallen a salvo de pesquisas y aprehensiones arbitrarias, será inviolable y
no se expedirán al efecto mandamientos que no se apoyen en un motivo
verosímil, estén corroborados mediante juramento o protesta y describan
con particularidad el lugar que deba ser registrado y las personas o cosas
que han de ser detenidas o embargadas”.
Sin embargo, bajo las estipulaciones de la Ley patriótica, las autoridades
pueden registrar con una orden de allanamiento a cualquiera, dondequiera,
por periodo indefinido, a través de internet o fuera de ella.
Lamentablemente, estas medidas se han diseminado por completo en la
sociedad civil. Muchos americanos se han vuelto precavidos e incluso se
han cohibido de expresarse para evitar levantar cualquier sospecha. En
semanas recientes, he escuchado a muchos decir que no les preocupa la
legislación anti-terrorista ya que, como quiera, no llevan a cabo ninguna
actividad que pueda interesarle a las autoridades. Parece que el
patriotismo requiere que seamos predecibles y sumisos.
En un
acto típico del pánico creado como consecuencia de los ataques del 11 de
septiembre, en un segmento noticioso de la NPR se les pidió a expertos en
seguridad que nos dieran algunos consejos para cooperar con la vigilancia
contra el terrorismo. ¿Qué nos contestaron los expertos sobre el asunto?
Que debemos observar cualquier “conducta sospechosa”. Esto incluye
personas que vistan artículos de ropa poco comunes, que digan o hagan
cosas que estén fuera de lugar dentro de una situación o sitio particular.
Mientras escuchaba todo el relato, me chocó que los expertos catalogaran
como “conducta sospechosa” y peligrosa distintas manifestaciones de la
libertad: vestir lo que nos de la gana, decir lo que se nos ocurra, actuar
en público libremente.
Cuando
las estructuras estables se deshacen
No
sabemos en realidad cuáles eran las verdaderas intenciones de lo
terroristas del 11 de septiembre. Sin embargo, si uno de sus fines era
hacer que nuestro estilo de vida dejara de ser tan abierto y libre, lo han
logrado. En la actualidad, los americanos han restringido la libertad de
viajar, han limitado el acceso a la información y han limitado los
términos del discurso político. Programas tales como el Sistema de
Protección de Información Terrorista (TIPS, por sus siglas en inglés), el
cual pertenece al Departamento de Justicia, han modificado la vida social
de tal forma que ahora vemos a otros individuos como sospechosos y no como
ciudadanos. El terrorismo y la seguridad se han convertido en la principal
preocupación de todos los foros donde se discute la política pública, no
importa cuál sea el tema.
Así como
los romanos durante el sexto siglo de nuestra era abandonaron su ciudad
cuando bloquearon el paso de los acueductos, los americanos parecen
también abandonar elementos esenciales de la cultura civil democrática que
ha desarrollado por los pasados dos siglos. Esta aterradora reacción a los
más reciente eventos es evidente en las características físicas de los
edificios y terrenos públicos. Si visita Washington, D.C. se encontrará
con una ciudad muy distinta: feas barreras de hormigón rodean los
edificios públicos y los puntos de inspección y las cámaras de seguridad
están presentes por todas partes. Se ha bautizado la ciudad con el nuevo
nombre del hogar del Territorio Nacional, un país nuevo y extraño donde
las libertades de expresión, de pensamiento y de movimiento, las que
fueron tan apreciadas en el pasado, son ahora lujos muy costosos a los que
no podemos acceder. Los ciudadanos deberían preguntarse si el Territorio
Nacional se rige con la misma constitución que la vieja nación llamada
Estados Unidos de Norteamérica.
En el
ambiente impera la percepción de que el terrorismo es algo que ha llegado
desde afuera y que “hacedores del mal” que provienen de los más remotos
confines del planeta han traído el terror a esta sociedad que, bajo otras
circunstanciases, es armoniosa y risueña. Obviamente, hay un grado de
realidad en esa afirmación. Existen seres malévolos en nuestros entornos
que están decididos a infligir muerte y destrucción.
Visto
desde otra perspectiva, el terror que experimentamos—ese pavor que nos
aflige diariamente—reside en el sistema mismo que desarrollamos tan
ingenuamente durante el siglo pasado. Lo que hace exitosas a las complejas
tecnologías modernas es que las mismas logran dirigir enormes reservas de
energía del reino natural de forma que éstas puedan ser utilizadas de
manera eficiente y controlable. Una posibilidad trágica no puede ser
totalmente eliminada: la idea que esta energía algún día pudiera escapar
de forma incontrolable, escapando de los sistemas y las infraestructuras
que originalmente se habían diseñado para contenerla. En años recientes,
este tipo de temor se ha concentrado en accidentes tecnológicos poco
usuales, por ejemplo, la explosión del trasbordador Challenger. Tal
desconfianza también se ha incrementado con la más reciente evidencia de
males ambientales, incluido el calentamiento global. El uso controlado de
combustible fósil de nuestras tecnologías durante décadas ha creado
cambios destructivos e incontrolables en el clima.
Tras los
ataques del 11 de septiembre, el horizonte de la catástrofe se ha
desplazado. El logro de una aeronave es contener y dirigir el combustible
de alta energía cuya combustión permite que vuelen de forma rápida. El
logro de la ingeniería que hace posible los rascacielos es retar la
gravedad al apiñar ingeniosamente toneladas de acero y otros materiales en
estructuras complejas que, a pesar de su precaria posición, no se
derrumbarán. Sin embargo, ¿qué sucedería si el potencial físico de estos
logros de repente se desencadenara y actuara de una manera distinta a lo
planificado?
El
horror que causó el ataque al Centro Mundial de Comercio es que la energía
de dos maravillas de la tecnología moderna—los rascacielos y las aeronaves-—chocaron
y causaron que la energía que ambos sistemas contenías tan cuidadosamente
se desatara en la forma de una explosión, un incendió y un derrumbe
catastrófico. Dado el caso, la ingenuidad de los terroristas recae en
haber incitado un proceso que causa que estructuras estables se
disuelvan.
Muy
enterrado en nuestras experiencias con la tecnología moderna está el
terror elemental de que la energía que hemos buscado controlar se escapará
de nuestras manos y actuará en nuestra contra para injuriarnos y
destruirnos. Percepciones de este tipo han emergido en innumerables
novelas y películas de ciencia ficción durante el siglo pasado,
convirtiendo así nuestros peores temores en entretenimiento para las
masas. Pero, más allá del papel y las pantallas, una nueva pregunta
emerge. ¿Cuántos sistemas adicionales de increíble poder tecnológicos se
pueden imponer antes de ahogar la cultura de la democracia? Una de las
consecuencias de construir sistemas complejos, estrechamente acoplados,
geográfica-mente
extensos, poderosos, pero irremediablemente precarios es toparnos con un
mundo lleno de bombas de tiempo listas para estallar.
Pensar como una fortificación
Actualmente, la respuesta inmediata al terror de los americanos es hacer
sistemas más estrictos para prevenir futuras interrupciones, una
estrategia que hoy en día es muy familiar. Estamos construyendo barreras
alrededor de sistemas cruciales y estamos haciendo más fuertes sus
componentes internos al rodearlos con elaborados métodos de vigilancia y
supervisión. Si continuamos con esta estrategia, nuestros recursos
económicos mermarán como consecuencia de la rigidez de los sistemas
tecnológicos y la libertad y el civismo se verán amenazados. Sin embargo,
parece que los americanos y sus políticos están dispuestos a pagar este
precio aún cuando esto amancillará rápidamente nuestras instituciones (por
ejemplo, nuestras escuelas seguirán careciendo de fondos y de compromiso)
y debilitará las bases de la sociabilidad democrática.
Desafortunadamente, estamos lejos de saber claramente si estas nuevas
medidas tendrán éxito. Un nuevo estudio del Departamento de Transportación
publicado a principio del año encontró que 30 por ciento de las pistolas y
70 por ciento de las cuchillas no fueron detectadas por los novedosos
sistemas de rastreo que se instalaron recientemente en las entradas de los
aeropuertos. De igual forma, estudios de seguridad similares en plantas
nucleares han producido resultados decepcionantes: se ha encontrado que
burlar las medidas de seguridad de estas facilidades es relativamente
fácil.
Las
exigencias humanas que requiere la supervisión de sistemas complejos son
muy pesadas para tolerar a largo plazo. Recordemos el episodio
inmediatamente después del 11 de septiembre, cuando se rumoró que el
puente Golden Gate de San Francisco sería blanco de terrorismo. Se
cerró el paso por un tiempo y luego asignaron tropas de la Guardia
Nacional para vigilar el tráfico. No obstante, la cobertura televisiva
mostró exactamente lo que esperábamos: guardias de pie, aburridos,
distraídos y apenas prestándole atención a los automóviles que transitaban
el puente. ¡Esto ocurría mientras la alerta nacional de terrorismo estaba
en el punto más crítico!
Como
consecuencia, al toparnos con fallas de esta índole, buscamos
solucionarlas gastando más dinero, instalando equipo más sofisticado,
contratando más personal de seguridad, sometiendo al público a la tensión
de situaciones de búsqueda, vigilancia y desconfianza que cada vez se
hacen más frecuentes. Un observador imparcial estaría tanto confundido
como sorprendido por la forma rápida y minuciosa en la que estas
iniciativas han modificado el estilo de vida americano. ¿Por qué la nación
no exploró otras soluciones más fructíferas de responder al terror que
siente las personas? ¿Por qué los americanos no hacen un esfuerzo mayor
para conservar su tradición de imparcialidad, confianza y libertad?
En la
búsqueda por la seguridad, la nación se prepara para enfrentar una guerra
con una nación considerada parte del “eje del mal”. Nuevamente, esto
define el temor como un elemento ajeno en vez de reconocer que parte de la
base de este temor habita en nuestro suelo, adherido al marco que apoya
nuestro estilo de vida tan avanzado tecnológicamente.
En busca
de sistemas más seguros
Pienso
que existen maneras más efectivas de responder a los hechos del 11 de
septiembre que el tener que recurrir automáticamente al militarismo, la
vigilancia totalitaria y los ataques defensivos de los derechos humanos
que con frecuencia nuestros líderes prefieren. Se necesitan con suma
urgencia medidas que atiendan las fuentes de inseguridad y terror que se
encuentran intrínsecamente en las raíces de nuestra civilización. Por lo
tanto, me parece sabio diseñar sistemas técnicos que se acoplen de forma
flexible e tolerante, de modo que las interrupciones sean más llevaderas y
rápidas de reparar. Ciertamente, tiene sentido que se dependa de recursos
materiales y energéticos renovables que estén disponibles localmente en
vez de continuar fomentando la dependencia de fuentes globales que siempre
están en riesgo. Me parece más saludable depender de tecnologías que sean
operadas localmente por personas con las que podemos relacionarnos en
diferentes funciones y ambientes aparte del rol que desempeñan como
funcionarios técnicos. Creo también que ya es tiempo que comencemos a
reducir nuestra dependencia de poderes abrumadores y llenos de riesgos que
le hemos arrebatado a la naturaleza. Actualmente sabemos que estos poderes
no sólo pueden destruir ecosistemas frágiles, también pueden destruir el
hábitat para la libertad.
Por
fortuna, la riqueza de la sabiduría humana puede producir sistemas
alternos para sustituir los viejos sistemas complejos, centrados en la
energía, globalmente amplios e incesantemente bélicos. La construcción de
sistemas más pacíficos y resistentes se puede lograr por medio de
esfuerzos creativos (los que se encuentran en progreso) dirigidos a vivir
de forma moderada en este planeta con la ayuda de la justicia y la
compasión. Si camináramos hacia esa opción con paso firme, eliminaríamos
los pesares que aquejan a la población mundial y que se prestan
precisamente para impulsar ataques terroristas. Mientras impere un estado
de histeria, sumisión y oportunismo político—lo que, a mi parecer,
continuará sucediendo—tendremos la obligación de renovar esfuerzos para
construir instituciones que inspiren confianza en vez de alimentar
nuestros temores.
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