Vol.3  :: agosto :: 2003-04

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Complejidad, confianza y terror
[1]

Langdon Winner
Department of Science and Technology Studies
Rensselaer Polytechnic Institute
winner@rpi.edu
http://www.rpi.edu/-winner

Traducción al castellano para TeknoKultura
Kayra Fuster
 kfuster@hotmail.com

  

La noción ilusa pero finalmente desacertada de que las tecnologías son meramente herramientas—objetos que tomamos, utilizamos y luego hacemos a un lado fácilmente—representa un gran obstáculo para entender la manera en que vivimos hoy. Un factor esencial del vínculo que existe entre los seres humanos y el reino tecnológico se ha obviado de la relación herramienta-uso: dependemos de forma absoluta de sistemas monumentales, complejos y artificiales para estructurar todo lo que hacemos. 

Para los países del hemisferio norte, dicha dependencia se recibe con brazos abiertos porque la misma aparenta ser crucial para la prosperidad y la libertad. Las tecnologías de gran escala y geográficamente abarcadoras nos permiten movernos a nuestro antojo, comunicarnos libremente y prescindir de las exigencias apremiantes de supervivencia diaria que una vez sobrellevaron nuestros ancestros y que aún abruman a los países menos prósperos del mundo. 

No obstante, en la actualidad existe otra dimensión de complejidad tecnológica aún más problemática que requiere atención. Nuestra dependencia de sistemas tecnológicos complejos amenaza con convertirse en una fuente de vulnerabilidad. Si algún componente importante que sustenta la vida moderna deja  de funcionar por un periodo de tiempo significativo, nuestra prosperidad, libertad y comodidad se verían amenazadas. Como podrán recordar, ésta fue una gran preocupación durante el 1999, cuando las multitudes deliraban sólo de pensar en la posibilidad de un desastroso colapso de los sistemas como consecuencia del llamado virus del milenio (“Y2K”). Existía el temor generalizado de que la red de energía, la transportación aérea, los sistemas bancarios, y otros sistemas se interrumpieran como consecuencia de un malfuncionamiento de las computadoras y que la sociedad se sumiera en el caos. Sin embargo, salvo con la excepción de uno que otro incidente aquí y allá, el desastre que se había anunciado nunca arribó. Aún así, la percepción de vulnerabilidad rayó en la histeria masiva durante los últimos meses de 1999.
 

Respuestas a la vulnerabilidad 

Nuestra sociedad tiene que lidiar rutinariamente con el espectro de la vulnerabilidad de muchas maneras. Una estrategia es asegurarse de que los artefactos y sistemas técnicos estén bien diseñados y protegidos contra fallas calamitosas. Los ingenieros y diseñadores de sistemas se cercioran de que los elementos estructurales puedan resistir mayor presión de la que normalmente pueden soportar. También se integran muchos elementos redundantes para que en caso de que una parte falle, otra la sustituya. 

Pero la ingeniería efectiva es tan sólo una parte. En sociedades libres y democráticas, el individuo promedio ha manejado su relación con la vulnerabilidad de otra forma: adopta una actitud de confianza y se aferra a la idea razonable de que las tecnologías siempre funcionarán de manera confiable y no se averiarán, poniendo en peligro nuestra salud, seguridad, y comodidad. Esta relación es recíproca: la información sobre la situación estructural y operacional de dichos sistemas tecnológicos le produce confianza a los ciudadanos. La construcción de muchos de los elementos claves los expone a la posibilidad de una interferencia deliberada o inadvertida. Líneas de energía eléctrica, líneas telefónicas, tuberías de gas, diques, acueductos, ferrocarriles, aviones, obras elaboradas de arquitectura, y otras obras están frecuentemente desnudas ante el mundo, abiertas al escrutinio, apenas protegidas del tipo de interferencia que podría dejarlas inoperantes. Por décadas, comúnmente se esperaba, aunque no se verbalizara, que las personas en sociedades industriales prósperas no destruyeran o interrumpieran el funcionamiento de piezas claves en el funcionamiento del orden tecnológico global. 

La mayoría de las personas aceptan la presencia de grandes tecnologías complejas porque su bienestar depende de las mismas, porque no existe una razón satisfactoria para actuar de manera destructiva y por supuesto, porque la ley condena los actos de sabotaje. Las excepciones incluyen bombazos ocasionales producto de anarquistas durante el comienzo del siglo XX, actos de destrucción a manos de Weathermen, y extremistas políticos en tiempos recientes, como Timothy McVeigh y el Unabomber, entre otros. Pero en general, la relación de confianza y franqueza entre el individuo y los sistemas complejos ha resultado ser bastante resistente.   

Existe una visión muy diferente de cómo manejar grandes sistemas complejos en sociedades totalitarias, vigiladas y cerradas como lo fueron la Unión Soviética bajo el régimen de Stalin y Korea del Norte bajo Kim Il Sung. Regímenes de esa índole han reforzado el diseño de de sus tecnologías y han instalado abarcadores sistemas de vigilancia y patrullaje porque no confiaban en sus propios ciudadanos. Cualquier sociedad que adopte estas estrategias enfrenta inevitablemente como consecuencia la eliminación de las libertades civiles. 

¿Que sucedería con nuestra sociedad si las normas de franqueza y confianza que hemos mantenido en pie por tantos años se afectaran a causa de un sentido generalizado de vulnerabilidad y temor? ¿Sobrevivirían nuestras libertades, derechos e instituciones democráticas?
 

Vehículos de destrucción 

A la sombra de los ataques contra el Pentágono y el Centro Mundial de Comercio y la alarma que causó el antrax, dichas preguntas han vuelto a cobrar relevancia y los americanos ahora son más conscientes de su vulnerabilidad. Todo parece ser blanco de ataques: las represas, las reservas, los puentes, las plantas químicas y de energía, los acueductos, las líneas eléctricas de transmisión, los tanques de gas natural licuado, la correspondencia y los sistemas de abastecimiento de alimentos. 

Hasta donde tengo conocimiento, los aviones que despegaron de Boston el 11 de septiembre y que culminaron su travesía al estrellarse contra las Torres Gemelas pasaron justo por encima de mi residencia, ubicada en el valle del río Hudson. Si los pilotos hubiesen querido causar daños monumentales a la región, los reactores nucleares de la planta eléctrica de Indian Point, a sesenta millas al sur de mi residencia, hubiesen sido el objetivo perfecto. Si estas facilidades, las que no están diseñadas para resistir el impacto de una aeronave, hubiesen sido el blanco, el desastre hubiese causado daños catastróficos al generar una fusión nuclear como consecuencia del derrame de combustible en las aguas y el lodo del río Hudson. La humareda de vapor y desperdicios radioactivos hubiese matado a miles de personas en un abrir y cerrar de ojos y hubiese dejado gran parte del noreste de los Estados Unidos inhabitable permanentemente. Quizás somos dichosos de que los terroristas de Al-Quaeda estaban tan obsesionados con el valor simbólico de las Torres Gemelas que no se fijaron en los que pudieron haber sido blancos más productivos: las 103 plantas nucleares con las que cuentan los Estados Unidos. 

Dentro de la colección de infraestructuras de la cuales dependemos, existen muchas otras que están ampliamente expuestas y poco protegidas. El sistema de carga a base de contenedores de la nación es un buen ejemplo. Todos los años entran a los Estados Unidos seis millones de contenedores sellados provenientes de todos los rincones del planeta. Al momento, sólo el dos por ciento de los mismos pasan por algún tipo de inspección, aunque un nuevo programa internacional pretende aumentar el porcentaje de inspecciones. Si alguien pudiese fabricar o comprar un aparato nuclear o una bomba sucia, podría enviarla a su destino convenientemente en un carguero de contenedores y en el momento indicado, detonarlo. Esta podría ser una pesadilla recurrente: una mañana nos levantamos, encendemos la televisión y encontramos que la ciudad de San Francisco, San Pedro o Nueva York ha quedado desierta gracias a una explosión nuclear causada por una arma escondida en uno de esos contenedores de hierro. 

Por supuesto, existen muchos otros escenarios horrorosos. El automóvil es un sistema de destrucción masiva de disposición inmediata y envío flexible para quien quiere utilizarlo,  una realidad que Irlanda, Inglaterra y Oriente Medio han experimentado en las últimas décadas. Existen actualmente 230 millones de automóviles y camiones registrados en Estados Unidos. El bombazo de la ciudad de Oklahoma demostró cuán fácil es en una sociedad abierta[2] llenar con fertilizantes químicos un vehículo alquilado y hacerlo estallar en medio de la ciudad. Así como no habíamos visto los aviones comerciales como bombas voladoras, los americanos no ven sus adorados automóviles como instrumentos de destrucción flexibles y ubicuos aunque los mismos desempeñen dicho papel en Oriente Medio y en otras turbulentas regiones del planeta.  

Reconocer la vulnerabilidad de sistemas tecnológico abiertos, complejos y geográficamente extensos no es una noción novel. En el año 537 D.C., el rey gótico Vitiges y sus tropas asediaron Roma. Una parte crucial de la estrategia de Vitiges fue bloquear los acueducto que llevaban agua a la cuidad, obligando así a los romanos a depender de las aguas poco salubres del rió Tiber. Como resultado, los romanos abandonaron la ciudad para escapar tanto de la escasez de agua como del saqueo de la misma. Los teóricos han discutido abarcadoramente los diversos sucesos que dieron pie a la caída del imperio romano, pero según Imperial San Francisco, el geógrafo Gray Brechin dice que “en conclusión, la destrucción de los acueductos terminó con el dominio de la ciudad que se autoproclamaba caput mundi, o la capital del mundo”.

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[1] Este artículo se publicó en su versión en inglés por Tech Knowledge Revue se produce en el Centro Chatman de Estudios Avanzados,339 Bashford Road, North Chatham NY 12132. Esta versión fue distribuida como parte de Netfuture: http://www.netfuture.org/.

[2] Ver http://www.unesco.org


 

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