|
|
Complejidad, confianza y terror
Langdon Winner
Department of Science and Technology Studies
Rensselaer Polytechnic Institute
winner@rpi.edu
http://www.rpi.edu/-winner
Traducción al castellano para TeknoKultura
Kayra Fuster
kfuster@hotmail.com
La
noción ilusa pero finalmente desacertada de que las tecnologías son
meramente herramientas—objetos que tomamos, utilizamos y luego hacemos a
un lado fácilmente—representa un gran obstáculo para entender la manera en
que vivimos hoy. Un factor esencial del vínculo que existe entre los seres
humanos y el reino tecnológico se ha obviado de la relación
herramienta-uso: dependemos de forma absoluta de sistemas monumentales,
complejos y artificiales para estructurar todo lo que hacemos.
Para los
países del hemisferio norte, dicha dependencia se recibe con brazos
abiertos porque la misma aparenta ser crucial para la prosperidad y la
libertad. Las tecnologías de gran escala y geográficamente abarcadoras nos
permiten movernos a nuestro antojo, comunicarnos libremente y prescindir
de las exigencias apremiantes de supervivencia diaria que una vez
sobrellevaron nuestros ancestros y que aún abruman a los países menos
prósperos del mundo.
No
obstante, en la actualidad existe otra dimensión de complejidad
tecnológica aún más problemática que requiere atención. Nuestra
dependencia de sistemas tecnológicos complejos amenaza con convertirse en
una fuente de vulnerabilidad. Si algún componente importante que sustenta
la vida moderna deja de funcionar por un periodo de tiempo significativo,
nuestra prosperidad, libertad y comodidad se verían amenazadas. Como
podrán recordar, ésta fue una gran preocupación durante el 1999, cuando
las multitudes deliraban sólo de pensar en la posibilidad de un desastroso
colapso de los sistemas como consecuencia del llamado virus del milenio
(“Y2K”). Existía el temor generalizado de que la red de energía, la
transportación aérea, los sistemas bancarios, y otros sistemas se
interrumpieran como consecuencia de un malfuncionamiento de las
computadoras y que la sociedad se sumiera en el caos. Sin embargo, salvo
con la excepción de uno que otro incidente aquí y allá, el desastre que se
había anunciado nunca arribó. Aún así, la percepción de vulnerabilidad
rayó en la histeria masiva durante los últimos meses de 1999.
Respuestas a la vulnerabilidad
Nuestra
sociedad tiene que lidiar rutinariamente con el espectro de la
vulnerabilidad de muchas maneras. Una estrategia es asegurarse de que los
artefactos y sistemas técnicos estén bien diseñados y protegidos contra
fallas calamitosas. Los ingenieros y diseñadores de sistemas se cercioran
de que los elementos estructurales puedan resistir mayor presión de la que
normalmente pueden soportar. También se integran muchos elementos
redundantes para que en caso de que una parte falle, otra la sustituya.
Pero la
ingeniería efectiva es tan sólo una parte. En sociedades libres y
democráticas, el individuo promedio ha manejado su relación con la
vulnerabilidad de otra forma: adopta una actitud de confianza y se aferra
a la idea razonable de que las tecnologías siempre funcionarán de manera
confiable y no se averiarán, poniendo en peligro nuestra salud, seguridad,
y comodidad. Esta relación es recíproca: la información sobre la situación
estructural y operacional de dichos sistemas tecnológicos le produce
confianza a los ciudadanos. La construcción de muchos de los elementos
claves los expone a la posibilidad de una interferencia deliberada o
inadvertida. Líneas de energía eléctrica, líneas telefónicas, tuberías de
gas, diques, acueductos, ferrocarriles, aviones, obras elaboradas de
arquitectura, y otras obras están frecuentemente desnudas ante el mundo,
abiertas al escrutinio, apenas protegidas del tipo de interferencia que
podría dejarlas inoperantes. Por décadas, comúnmente se esperaba, aunque
no se verbalizara, que las personas en sociedades industriales prósperas
no destruyeran o interrumpieran el funcionamiento de piezas claves en el
funcionamiento del orden tecnológico global.
La
mayoría de las personas aceptan la presencia de grandes tecnologías
complejas porque su bienestar depende de las mismas, porque no existe una
razón satisfactoria para actuar de manera destructiva y por supuesto,
porque la ley condena los actos de sabotaje. Las excepciones incluyen
bombazos ocasionales producto de anarquistas durante el comienzo del siglo
XX, actos de destrucción a manos de Weathermen, y extremistas
políticos en tiempos recientes, como Timothy McVeigh y el Unabomber,
entre otros. Pero en general, la relación de confianza y franqueza entre
el individuo y los sistemas complejos ha resultado ser bastante
resistente.
Existe
una visión muy diferente de cómo manejar grandes sistemas complejos en
sociedades totalitarias, vigiladas y cerradas como lo fueron la Unión
Soviética bajo el régimen de Stalin y Korea del Norte bajo Kim Il Sung.
Regímenes de esa índole han reforzado el diseño de de sus tecnologías y
han instalado abarcadores sistemas de vigilancia y patrullaje porque no
confiaban en sus propios ciudadanos. Cualquier sociedad que adopte estas
estrategias enfrenta inevitablemente como consecuencia la eliminación de
las libertades civiles.
¿Que
sucedería con nuestra sociedad si las normas de franqueza y confianza que
hemos mantenido en pie por tantos años se afectaran a causa de un sentido
generalizado de vulnerabilidad y temor? ¿Sobrevivirían nuestras
libertades, derechos e instituciones democráticas?
Vehículos de destrucción
A la
sombra de los ataques contra el Pentágono y el Centro Mundial de Comercio
y la alarma que causó el antrax, dichas preguntas han vuelto a cobrar
relevancia y los americanos ahora son más conscientes de su
vulnerabilidad. Todo parece ser blanco de ataques: las represas, las
reservas, los puentes, las plantas químicas y de energía, los acueductos,
las líneas eléctricas de transmisión, los tanques de gas natural licuado,
la correspondencia y los sistemas de abastecimiento de alimentos.
Hasta
donde tengo conocimiento, los aviones que despegaron de Boston el 11 de
septiembre y que culminaron su travesía al estrellarse contra las Torres
Gemelas pasaron justo por encima de mi residencia, ubicada en el valle del
río Hudson. Si los pilotos hubiesen querido causar daños monumentales a la
región, los reactores nucleares de la planta eléctrica de Indian Point,
a sesenta millas al sur de mi residencia, hubiesen sido el objetivo
perfecto. Si estas facilidades, las que no están diseñadas para resistir
el impacto de una aeronave, hubiesen sido el blanco, el desastre hubiese
causado daños catastróficos al generar una fusión nuclear como
consecuencia del derrame de combustible en las aguas y el lodo del río
Hudson. La humareda de vapor y desperdicios radioactivos hubiese matado a
miles de personas en un abrir y cerrar de ojos y hubiese dejado gran parte
del noreste de los Estados Unidos inhabitable permanentemente. Quizás
somos dichosos de que los terroristas de Al-Quaeda estaban tan
obsesionados con el valor simbólico de las Torres Gemelas que no se
fijaron en los que pudieron haber sido blancos más productivos: las 103
plantas nucleares con las que cuentan los Estados Unidos.
Dentro
de la colección de infraestructuras de la cuales dependemos, existen
muchas otras que están ampliamente expuestas y poco protegidas. El sistema
de carga a base de contenedores de la nación es un buen ejemplo. Todos los
años entran a los Estados Unidos seis millones de contenedores sellados
provenientes de todos los rincones del planeta. Al momento, sólo el dos
por ciento de los mismos pasan por algún tipo de inspección, aunque un
nuevo programa internacional pretende aumentar el porcentaje de
inspecciones. Si alguien pudiese fabricar o comprar un aparato nuclear o
una bomba sucia, podría enviarla a su destino convenientemente en un
carguero de contenedores y en el momento indicado, detonarlo. Esta podría
ser una pesadilla recurrente: una mañana nos levantamos, encendemos la
televisión y encontramos que la ciudad de San Francisco, San Pedro o Nueva
York ha quedado desierta gracias a una explosión nuclear causada por una
arma escondida en uno de esos contenedores de hierro.
Por
supuesto, existen muchos otros escenarios horrorosos. El automóvil es un
sistema de destrucción masiva de disposición inmediata y envío flexible
para quien quiere utilizarlo, una realidad que Irlanda, Inglaterra y
Oriente Medio han experimentado en las últimas décadas. Existen
actualmente 230 millones de automóviles y camiones registrados en Estados
Unidos. El bombazo de la ciudad de Oklahoma demostró cuán fácil es en una
sociedad abierta
llenar con fertilizantes químicos un vehículo alquilado y hacerlo estallar
en medio de la ciudad. Así como no habíamos visto los aviones comerciales
como bombas voladoras, los americanos no ven sus adorados automóviles como
instrumentos de destrucción flexibles y ubicuos aunque los mismos
desempeñen dicho papel en Oriente Medio y en otras turbulentas regiones
del planeta.
Reconocer la vulnerabilidad de sistemas tecnológico abiertos, complejos y
geográficamente extensos no es una noción novel. En el año 537 D.C., el
rey gótico Vitiges y sus tropas asediaron Roma. Una parte crucial de la
estrategia de Vitiges fue bloquear los acueducto que llevaban agua a la
cuidad, obligando así a los romanos a depender de las aguas poco salubres
del rió Tiber. Como resultado, los romanos abandonaron la ciudad para
escapar tanto de la escasez de agua como del saqueo de la misma. Los
teóricos han discutido abarcadoramente los diversos sucesos que dieron pie
a la caída del imperio romano, pero según Imperial San Francisco,
el geógrafo Gray Brechin dice que “en conclusión, la destrucción de los
acueductos terminó con el dominio de la ciudad que se autoproclamaba
caput mundi, o la capital del mundo”.
2
>>
Este artículo se publicó en su versión en inglés por
Tech Knowledge Revue se produce en el Centro Chatman de Estudios
Avanzados,339 Bashford Road, North Chatham NY 12132. Esta versión fue
distribuida como parte de Netfuture:
http://www.netfuture.org/.
Ver
http://www.unesco.org
|