Una interesante consecuencia inmediata de este nuevo enfoque conceptual es el colapso de la arraigada y central distinción esencial – fundamental a la metáfora que venimos explorando - entre los dominios de la naturaleza y de la técnica. Como señala Wiener, bajo la nueva insignia de la ‘información’ (concepto, valga señalar, de carga muy ‘funcional’ en sí), se descompone la polaridad que distinguía al mundo orgánico de la biología de los artificios de la tecnología. Curiosamente, se funden los polos de nuestra recursiva e histórica metáfora en virtud de la metáfora misma. Ello no ha implicado, no obstante, su disolución, sino muy al contrario, ella ha sido reelaborada en función del contexto tecnológico, histórico y cultural del momento.

Esta transición comienza a cuajarse en los años 20 del siglo pasado cuando el concepto información, utilizado desde fines del siglo 14 con su sentido general de la acción de informar – de formar o educar la mente o el carácter, instruir o transmitir conocimiento (a diferencia de datos) - comienza a desprenderse de este significado para comenzar a denotar, en el contexto de las investigaciones sobre transmisión de mensajes telegráficos en los laboratorios Bell en los años ’20, la ordenación puramente sintáctica de símbolos a propósito de la comunicación electrónica (Kay, 2005). Esta tendencia cristaliza durante la Segunda Guerra Mundial en el desarrollo de la teoría matemática de la información de Claude Shannon. Distinto al uso común, y profundamente ligado a distintas ramas de investigación y desarrollo militar, en el contexto de esta teoría el concepto de ‘información’ debía ser entendido como completamente separado de contenido y objeto. Ya en la posguerra, ‘información’ se acepta como un parámetro físico y claramente cuantificable, accesible a la investigación científica. Condensando particularmente durante las décadas de la Guerra Fría, la investigación y manejo de este concepto técnico se sitúa así en la intersección de varias líneas de desarrollo de la investigación militarmente financiada en máquinas y en organismos vivos, tales como la teoría matemática de la comunicación, la lingüística, inteligencia artificial, sistemas de dirección y control de armas, cibernética, teoría de los autómatas y la etología (Kay, 2005). La biología, como muchas otras disciplinas, no dejó de acoplarse al moméntum de este nuevo discurso. No obstante, la estricta dimensión matemática de la teoría de la información resultaba difícil de adaptar a las particularidades de la vida orgánica como cualidad emergente de los sistemas vivos y los intentos de aplicar la teoría de la