Introducción

Los espacios de relación social que crean las tecnologías de relación (TR) se configuran como auténticos formularios de interacción emocional y afectiva. En nuestra realidad cotidiana, la afectividad y las emociones se expresan en y gracias a la tecnología. Nos interesa conocer el significado que los jóvenes otorgan a dichas tecnologías y los indicadores de las nuevas formas de identidad que nacen de la interacción entre consumo y emoción. Para ello, queremos conocer las metáforas para identificar las emociones y los afectos desde el posicionamiento relacional entre los jóvenes y las TR. Partimos de las siguientes definiciones de emoción y consumo (Gil, A. 2002a; 2002b; 2004; Bauman, 1998; Furlong y Cartmel, 2001; Holland, 200; Feliu, 2003):

a) La emoción:
- Es social y socialmente construida.
- Precisa de la interacción entre sujetos.
- Es un proceso.
- Es una práctica discursiva
- Es constructora de identidades.

b) El consumo como metáfora relacional. A través del consumo tecnológico nos apropiamos de identidades múltiples y fragmentadas “a la carta” que gestionamos en la interacción, a partir del uso de las prácticas lingüísticas que tenemos al alcance.

Nuestro hilo argumental se asienta en la idea del posicionamiento relacional. Es a partir de las sucesivas interacciones (emocionales) que las personas construimos nuestra identidad, donde las emociones se convierten en ‘proyectos’, más allá de simples ‘hechos’ o ‘procesos’. Cuando el adolescente en su relación en las TR (en un continuo con las presenciales), cambia de posición, sus emociones también cambian, con las implicaciones que de ello se deriva en el proceso de apropiación identitaria.

Nuestro objetivo se centra en el consumo entendido como emoción y su relación con la definición de la identidad personal. De ahí nuestro interés por conocer dónde se construyen,